
Sr. Director
No hay nada de natural en un desastre. Lo natural son los fenómenos físicos asociados a amenazas de origen natural —terremotos, tsunamis, remociones en masa e inundaciones, entre otros— y, en el caso de los incendios forestales, las condiciones territoriales y ambientales que favorecen su inicio y propagación. Estos fenómenos son intrínsecamente peligrosos, pero no se transforman en riesgo mientras las personas, sus bienes o los sistemas esenciales no se encuentren expuestos y en condición de vulnerabilidad.
Un desastre ocurre cuando un peligro impacta a una sociedad que no ha gestionado adecuadamente su riesgo. Las acciones destinadas a reducir o eliminar esa vulnerabilidad —planificación territorial, normas constructivas, preparación institucional y educación— conforman lo que se conoce como gestión del riesgo de desastres.
Sin embargo, insistir en explicaciones que atribuyen la catástrofe exclusivamente a la naturaleza, mediante expresiones como “era inevitable”, “el mayor del siglo” o “efectos del cambio climático”, solo contribuye a desplazar la responsabilidad humana e institucional, confundiendo a la opinión pública respecto del verdadero origen del problema.
Un desastre no es un evento fortuito: es un riesgo mal gestionado. Y ello sitúa tanto la causa como la solución en el ámbito del Estado, único actor con la responsabilidad de generar las condiciones jurídicas, técnicas, profesionales y financieras necesarias para reducir el riesgo de desastres en el país.
Chile cuenta con una institucionalidad robusta en esta materia. No obstante, si su aplicación no incorpora el sentido de urgencia que exige un país expuesto a casi todas las amenazas naturales conocidas, seguiremos lamentando pérdidas humanas atribuibles, erróneamente, a los llamados “desastres naturales”.
Rodrigo Ortiz J.
Gerente 4K
Consultoría en GRD
